PD.004 — PD: La Muerte, La Enfermedad y El Coño.
Llegamos a Copenhague a las seis de la mañana. A las ocho teníamos que estar en el banco. En recepción estaba ella. Nuestra compañera danesa. Habíamos quedado una hora antes para repasar la reunión.
Dos españoles. Andaluces. Volamos desde Estocolmo. Poco sueño, mucho café, el cuerpo todavía a otra hora.
Mira a mi amigo y hace lo que hacemos todos cien veces al día: Hey, how are you?
Él no le entrega un JPG comprimido. Le suelta el RAW.
¿Cómo estoy? Hecho mierda. Se me ha muerto mi madre. Y aquí me tienes, en esta reunión por compromiso, cuando el sitio es con los míos. Triste, desbordado, una puta mierda, vaya.
Ella esperaba un archivo de 340 kilobytes. Le llegó el original de una foto de SpaceX. De esas que pesan cincuenta megas y puedes ampliar hasta contarle los tornillos al cohete.
Por fuera no se movió. Impasible. Danesa.
Por dentro la vi saltar a la cornisa del cuarto piso del banco, como un gato al que le enseñan un maremoto. Silencio. Muted.
Yo empecé a reírme. Esa risa del colegio que se hace más grande cuanto más intentas tragártela delante del profesor. No de su madre. No de su dolor. Del cortocircuito.
Había abierto la puerta para que entrara un poco de fresquito. Entró Lo que el viento se llevó. Entera. Sin cortes. Y a ella se la llevó.
Preguntar no es conversar
No me interesa quién tuvo razón. Me interesa qué le había pasado a aquella conversación. A los verbos.
La pregunta era normal. La respuesta también. Lo raro es que una no estaba preparada para la otra.
Preguntar y conversar no son la misma capacidad.
Preguntar es abrir una puerta. Conversar es aceptar que quizá entre alguien. Y no siempre entra quien esperabas. A veces entra una madre muerta.
Preguntar es fácil cuando no estás preparado para la respuesta.
«¿Cómo estás?» muchas veces significa: dime que estás bien. O como mucho: dime que estás regular, pero de una manera que yo pueda gestionar.
Mi amigo se saltó el trato. Tomó la pregunta en serio.
Creemos que preguntamos. En realidad administramos el tipo de respuesta que estamos dispuestos a recibir.
La peli o el tráiler
A mí me preguntan mucho por el Parkinson. No me molesta. Al contrario. Me gusta que me pregunten. De hecho, suelo contestar con otra pregunta:
¿Quieres la peli o el tráiler?
Respuesta corta o larga. A menudo se quedan callados.
La corta es fácil: «Bien, gracias.»
La larga son tres horas. Siéntate. Agárrate el coño, porque se te va a caer al suelo. Y me tienes que dedicar el tiempo.
No escondo el Parkinson detrás de un JPG. Lo cuento porque el silencio fabrica fantasmas. Si nadie cuenta cómo es vivir con una enfermedad, la enfermedad acaba siendo lo que los demás imaginan. Y solemos imaginar bastante mal lo que no conocemos.
Así que cuento.
Te digo qué es mi Parkinson a día de hoy. Y digo a día de hoy porque esto trae más actualizaciones que Google Chrome. Y no las eliges tú.
Se suelen contar cuatro cosas: cuesta abrocharse un botón, se anda mal, baja la voz, el cuerpo se agarrota.
Aquí va con más detalle. Digo mi Parkinson a propósito: tengo muchos amigos y amigas con la enfermedad, y cada uno es un mundo. Hay millones de personas con Parkinson en el mundo. Millones de Parkinson distintos. Este es el mío, en el año seis.
Pedir la película entera es como querer abrir la caja negra de un avión. Ahí está todo. Sin editar. Te enseño una muestra.
Sujetarme al váter para poder cagar cuando la levodopa no llega tarde por la mañana.
Callarme en una conversación no porque no tenga nada que decir, sino porque no me quedan fuerzas para entrar.
Que dos y dos sean cinco y me parezca bien. Paz antes que razón.
Miedo. Algunos días, terror a salir a la calle.
Economizar palabras para no gastarme. Elegir las que no me hagan escupirle en la cara a quien tengo delante.
Perder el equilibrio en la calle por girarme a mirar una cara bonita, un perro, una teta —dos—, un culo, un árbol alto. Cuanto más giro el eje, más cerca la piña.
Dejar botes de pastillas por toda la casa, como trampas con queso para ratones.
A media noche, el tránsito va más rápido que mis pies. Entre caerme o mearme, prefiero mearme.
Pasar de cinco pajas al día a no tocarme en meses.
Querer contarle una historia divertida a un niño y que suene a novela de Stephen King.
Podría seguir. El Parkinson tiene una lista larga de síntomas; yo haría otra mucho más larga. Y he visto a compañeros en sitios peores.
Y aun así doy las gracias. Y me quiero.
Porque hay momentos en que soy muy capaz.
La capacidad no es una foto
Lo que no pienso hacer es convertirme en el pobre hombre al que le dio Parkinson a los cuarenta.
Porque esa frase parece traer una biografía entera de regalo. Pobre. Le dio Parkinson con cuarenta años. Se le jodió la vida.
Sí. Y no.
Sí: acabas de leerlo. El cuerpo cambió. La vida tuvo que moverse a su alrededor. Y no: de ahí a decir que mi capacidad ha desaparecido hay un trecho enorme.
El Parkinson ha cambiado algunas de mis capacidades. No ha agotado mi capacidad. Sigo pensando. Sigo creando. Sigo deseando. Sigo aprendiendo. Sigo viajando. Sigo teniendo curiosidad.
Y he tenido que desarrollar capacidades que antes ni sabía que existían. Observar el cuerpo. Anticiparme. Administrar la energía. Buscar otra manera de empezar, de seguir, de descansar, de moverme, de hablar.
No es una historia de superación. No necesito que el Parkinson me convierta en alguien extraordinario.
Es más sencillo. La capacidad no es una foto tomada antes de la enfermedad. Está viva. Se pierde. Se conserva. Se deteriora. Se adapta. Y a veces aparece justo donde antes no hacía falta.
«Tiene Parkinson.» Vale. También tiene ilusiones, amigos, proyectos, mal humor, deseos, curiosidad, días de puta madre y días de mierda. Eso también es Parkinson. O mejor: eso también es vivir con Parkinson.
La pregunta en la cama
Y ahora la otra pregunta. La del sexo.
Estamos en la cama. Mi cabeza entre sus piernas. El ritmo ya empezado.
Y de pronto me paro y pregunto:
¿Cómo te gusta que te coman el coño?
No lo pregunto porque no sepa comer un chocho. Lo pregunto como provocación. Para ver qué hace ella con la pregunta.
Es el mismo gesto que hago con la mano. A veces, antes de empezar, toco el clítoris con la izquierda para ver cómo responde. Mi respuesta motora. Si hoy la mano está o no está. Una prueba pequeña antes de la acción.
Con ella hago lo mismo, pero por dentro. No busco instrucciones. Busco sus límites emocionales. Si sostiene una pregunta incómoda. Si hay complicidad. Si tiene humor y sabe salir con gracia.
Porque una pregunta dice más de alguien que su respuesta. Cuánto espacio hay entre dos personas. Si puedes estar desnudo sin quitarte la ropa.
Y a veces la mejor respuesta ni siquiera es una respuesta. Un guiño. Una ceja que sube. Una mano en la nuca que me devuelve a mi sitio.
O una salida con gracia:
Callado estabas más guapo, hijo de puta. Después de comer te cuento.
Y seguimos. Eso también es conversar.
Los elefantes
Por eso me interesa poner las dos cosas juntas. Una enfermedad neurodegenerativa y una conversación en la cama. Una madre muerta y una pregunta sobre deseo.
No pueden parecer más distintas. Una pesa toneladas. La otra parece un juego.
Pero las dos son elefantes. Y los elefantes no desaparecen porque nadie los nombre. Solo se vuelven más difíciles de rodear.
La enfermedad se vuelve elefante cuando todos saben que está ahí y nadie pregunta. El sexo se vuelve elefante cuando todos saben que existe y nadie dice lo que de verdad desea.
No hablar de algo no lo hace menos presente.
Lo hace más desconocido.
Y lo desconocido asusta.
La invitación
Cuando alguien tiene Parkinson hay quien pregunta «¿cómo estás?» y no sabe qué hacer si la respuesta es «hoy tengo miedo», o «hoy no me fío de mi cuerpo», o «no sé cómo estaré dentro de una hora».
La pregunta deja de ser cortesía. Se convierte en invitación. Y una invitación tiene consecuencias.
No hace falta la frase perfecta. No hace falta un consejo. A veces la capacidad es simplemente no salir corriendo de la habitación. Quedarse. Preguntar otra cosa. Escuchar. Aceptar que durante un rato no vas a poder arreglarlo. Y que a lo mejor tampoco tienes que hacerlo.
Con el sexo pasa algo parecido. No porque una charla de cama pese lo que pesa una enfermedad. No pesa. Por eso me interesa. La gravedad de un tema y la dificultad de hablar de él no son la misma cosa.
Hay conversaciones gravísimas que algunas personas sostienen sin despeinarse. Y conversaciones triviales ante las que se quedan mudas. El problema no está en el tema. Está en lo que el tema te pide.
Una respuesta verdadera pide presencia. Pide soltar el personaje. Pide admitir que no sabes. Pide escuchar algo que no esperabas. A veces pide enseñar algo tuyo.
Eso cuesta mucho más que preguntar.
Quedarse
Por eso hay tantas preguntas automáticas. ¿Cómo estás? ¿Todo bien? ¿Qué tal? ¿Te gusta?
Puertas sociales. Las abrimos todo el rato. Pero hay gente que solo sabe vivir en el pasillo. No entra. Y no sabe qué hacer cuando alguien entra.
Me interesa esa capacidad. No la de preguntar. La de quedarse.
Quedarse cuando aparece la enfermedad. Cuando aparece el miedo. Cuando aparece el deseo. Cuando la persona que tienes delante deja de ser cómoda, previsible, fácil de clasificar.
Conversar no es intercambiar información. Es una pequeña prueba de confianza. Te digo algo que podrías no saber de mí. Y tú decides qué haces con ello.
Puedes comprimirlo. Cambiar de tema. Hacer una broma. Mirar el móvil. Devolverme un «ánimo».
O puedes quedarte.
Y cuando alguien se queda, pasa algo raro. El elefante empieza a perder tamaño. No porque se vaya. La enfermedad sigue ahí. El deseo sigue ahí. El miedo sigue ahí. Pero deja de ser un animal desconocido paseando por la habitación. Ahora tiene palabras. Y lo que tiene palabras se puede compartir.
Hacer habitable aquello de lo que cuesta hablar.
La puerta es fácil. Lo difícil es quedarse dentro.
¿Puedes quedarte?
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