PD.001 — Parkinson: Régimen de Gananciales.


Nobuyoshi Araki. Bondage sin permiso. El cuello atado. El brazo izquierdo inmovilizado a mi lado como si no fuera mío. Una pierna inerte. La espalda buscando una postura imposible, retorcida para encontrar unos centímetros de paz. Así amanezco. Un encuadre que no he elegido, difícil de manejar, y que, por desgracia, tampoco puedo deshacer.

Y ella a mi lado, cómo no, porque de esta cama la muy hija de puta no se levanta: está cuando cierro los ojos y sigue ahí cuando los abro, respirándome en el cuello.

Hoy te quedas en casa

Anoche ya venía cargada. Discutimos antes de dormir y acabé en el sofá —o me echó de la cama, según quién cuente la historia—. Por eso hoy amanece cariñosa, que es cuando peor se pone. Se desperezó a las tres y media de la madrugada, me echó el brazo por encima —el izquierdo, el mío, que ya ni se resiste— y me dijo al oído: hoy te quedas en casa conmigo. Y lo peor es que tiene razón. Porque hoy mi cuerpo es más suyo que mío.

El apartamento

Empezó por el cuello. Se acercó, me susurró algo que no entendí y me lo besó despacio. Y ahí se quedó, sin soltarme: dolor, tensión, todo rígido. Tengo un nudo en la garganta, me cuesta tragar. Me lo tiene atado en corto, como se ata a un perro o a lo que uno considera de su propiedad, y me tira fuerte. He tenido que meterme dos calmantes fuertes y un ansiolítico solo para aguantar que me respire encima. No me deja ni girarme a mirar para otro lado.

Luego fue a por la mano izquierda. Se la llevó sin pedir permiso, se la metió en el coño dedo a dedo y me la dejó ahí dentro, cerrada en garra, agarrada a ella y ya nunca a mí. No me la devuelve cuando se la pido. Me la deja sudada, húmeda. El pulgar es el que más descontrolado tengo, rígido y a su aire: tiembla solo, a todas horas, tecleándole mensajes a ella a mis espaldas. Mi propio pulgar, poniéndome los cuernos en mi cara. Si al menos me pusiera así el nabo, tieso y tembloroso, alguna otra lo disfrutaría. Pero a esta tía no me atrevo a ponerle los cuernos.

Las piernas ya ni disimulan. Una no para quieta. La otra está de figurante, ahí de adorno, salvo el pie, que baila solo con la discinesia toda la noche, como si tuviera su propio lío con ella a escondidas. Y la izquierda casi ni la siento, como si me la hubiera dormido con sus propias manos para llevársela sin que proteste. Y yo en medio, de pie como puedo, haciendo de tercero en mi propio matrimonio.

La vista tampoco ayuda: borrosa, todo empieza a perder definición, como si ella me hubiera escupido en la cara para que no la vea demasiado bien. Supongo que así le es más fácil hacer lo que le da la gana con el resto. Y luego está la fatiga, la falta de fuerza, el cansancio. Ese ya no sé si es mío, suyo o de los dos. Tres horas de sueño en treinta. A estas alturas ni siquiera estoy cansado: estoy desalojado. Como si mi cuerpo hubiera decidido echarme a mí para hacerle sitio a ella. La muy hija de puta se ha quedado con todo el apartamento.

Todavía no he salido de la habitación. Me he asomado a la terraza a que me diera el aire y casi me pego una piña. Ahora hasta andar me da miedo, en mi propia casa. Voy despacito, acojonado: el pico de la mesa, el tirador de la puerta, el grifo, todo se vuelve peligroso, todo conchabado con ella, esperando su turno para hacerle un favor.

Y no contenta, ha entrado en la última habitación: en mis entrañas, en mi estómago. El vientre hinchado, tenso, ocupado hasta la bandera. Me ha dado por culo hasta dejarme preñado, y con el peso hasta el equilibrio me falla. Ha ido metiendo también sus tacones, sus cremas, la esterilla de yoga y las bandas elásticas —presumida y en forma, la tía—, y cualquier día me mete aquí al perro y a su puta madre. Y me duele el costado derecho como un mueble que alguien ha arrastrado de sitio sin preguntarme. Su casa, sus normas, su dolor.

Hasta la tensión me la ha bajado. Siete y medio. Me vacía el depósito a propósito, gota a gota, para que no me queden fuerzas ni para hacer las maletas. Muy lista. No te echa a la calle: te deja sin piernas para llegar hasta la puerta. El suelo se inclina, todo se va de lado, y ya no sé si me caigo yo o es la casa entera escorándose para escupirme fuera.

Cornudo de mi propio cuerpo

Así que aquí estoy. Cornudo de mi propio cuerpo. Un hombre que va descubriendo, órgano por órgano, habitación por habitación, que su querida y amada le pone los cuernos con sus propias manos, con sus propias piernas, con sus propios ojos, con su propio estómago y cuello. Y que hoy ha perdido el juicio de divorcio sin que nadie le avisara siquiera de que se celebraba.

Las ventanas de la cabeza

Y luego están las ventanas de la cabeza. También las encontró abiertas. Por ahí no entra con dolor ni con temblores. Entra con preguntas. Y si mañana es igual. Y si esta vez no afloja. Y si esto ya no es una mala racha. Va dejando entrar la incertidumbre despacito, sin hacer ruido, hasta que de pronto la casa está llena de cosas que todavía no han ocurrido. El miedo tiene esa mala costumbre: siempre llega antes que los hechos y se instala como si hubiera pagado el alquiler.

Por unas horas me dejaste las ventanas abiertas de par en par. Para que entrara toda tu mierda y tu veneno. El miedo. La incertidumbre. Para que el vendaval hiciera su trabajo y yo empezara a confundir lo que estaba pasando hoy con todo lo que podía pasar mañana. Pero pude cerrarlas a tiempo. No porque hubiera ganado. Ni porque de repente estuviera mejor. Simplemente porque entendí que tú ya tenías bastante con mi cuerpo como para regalarte también mi cabeza. Esa habitación no. Todavía no.

Una conversación pendiente

Enhorabuena. Hoy te lo has quedado todo. El apartamento, los muebles y el inquilino. Pero una cosa, cariño, antes de que te acomodes del todo: esto no es una separación. Es una mala racha. Llevas días sin aflojar y hoy has ganado, te lo firmo. Disfrútalo.

Porque el día que recupere aunque sea una pierna, vuelvo. Y no vengo a hablar. Vengo a por mi casa. A recuperar la terraza y sus vistas. El sonido del mar. Una cerveza fría. A sentarme sin pensar dónde pongo el cuerpo. A notar que la pierna se ha quedado quieta porque le da la gana. A mirar la pantalla y descubrir que la mano vuelve a obedecerme, que los dedos llegan a las teclas que les pido y que el pulgar, por una puta vez, tiene mejores cosas que hacer.

Y entonces escribiré. Y quizá ni siquiera me acuerde de ti. Tú, por una vez, te quedas callada. Un día malo. Y una conversación pendiente contigo, hija de la grandísima puta.

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