ARC.002 — Emoción: Incisión.
Nace de la ira y del llanto. Del inconformismo que te quema por dentro. De la angustia que te aprieta el pecho a las cuatro de la mañana. De la impotencia de querer abrazar a la persona con la que duermes y descubrir que ni siquiera puedes girarte en la cama. Del miedo brutal a perder lo que amas y de la necesidad de seguir viviendo con toda la intensidad posible, aunque duela.
No elijo entre el temblor y la intensidad. No elijo entre el llanto y la erección. No elijo entre querer abrazar y querer mandar a la mierda. Lo tomo todo. También nace del deseo. De las risas que hacen que duela el estómago y salten las lágrimas. Del amor que te jode y te salva. De las ganas de follar. De emborracharte un poco aunque sepas que mañana pagarás. De hacer el ridículo. De mearte fuera del tiesto cuando todos esperan que pidas permiso. De demostrarte que todavía no estás acabado. De querer a tus padres aunque a veces te den ganas de gritarles. A tu hermana, a tus sobrinos, a tus tíos. De seguir intentando hacer reír a los tuyos.
Odio y no cambio
Odio tener Parkinson. Lo odio cuando el cuerpo deja de obedecerme y me convierte en un espectador de sí mismo. Y, aun así, no cambiaría este cuerpo por el de nadie. Sin los días malos, los buenos sabrían mucho menos. Como les digo a mis amigos: al mal tiempo, buena cara. Y cuando la mano izquierda me tiemble demasiado, pues les haré una paja y, al menos, alguien se lo pasará bien.
Hay quien llora la muerte de un ser querido y, unas horas después, se sorprende riéndose con un amigo. Hay quien, después de acompañar a su perra hasta la eutanasia, vuelve a casa y descubre que también sigue teniendo deseo. Incluso me envía un vídeo tocándose el coño en la bañera. No porque quisiera menos. Porque sigue viva.
Las emociones no hacen cola. Se atropellan. Un día escribo con rabia. Al siguiente, con ganas de besar al primero que pase. A veces acierto. A veces la cago.
Hay que molar
Un gran amigo mío decía algo que nunca he olvidado. Ya no está. Se lo llevó él mismo una noche que ninguno supimos ver venir. Era fuerte y débil, triste y divertidísimo, lúcido y despistado. Toda esa complejidad la resumía en una sola frase: hay que molar.
A la gente se le ha olvidado molar. Sigo nadando mar adentro, sin ahorrar fuerzas para la vuelta. Prefiero eso a quedarme en la orilla haciendo el hipócrita. El que no siente. El indiferente. El que vive sin pasión. Quiero gastarla toda.No vine a administrar esta vida. Vine a gastarla.
Todavía estoy cambiando
No tengo ni idea de quién soy. Y no creo que llegue a tenerla nunca. Ojalá dentro de unos años alguien lea todo esto y me diga: esto es lo que fuiste. Que me resuma otro. Yo todavía estoy cambiando.
Y, con todo el cariño y toda la sinceridad del mundo: que os follen, queridos y amados.
Esto se escribió con un cuchillo en una mano y el llanto en la otra. La ira se afila. El llanto no se toca.
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