ESS.004 — Diseño: Quién Está Hablando.


El cine tiene directores. La música tiene autores. La literatura tiene escritores. El diseño tiene agencias. Porque antes de perder la capacidad de hablar de la vida, el diseño aceptó dejar de hablar en nombre propio.

Sabemos quién hizo una película aunque hayan trabajado trescientas personas en ella. Sabemos quién escribió una canción aunque detrás haya productores, ingenieros y una industria entera. Sabemos quién firmó un libro aunque detrás haya editores, correctores y una máquina comercial.

En diseño ocurre algo extraño. Cuanto más grande es el proyecto, más desaparece la persona que lo pensó. El diseño contemporáneo no se parece a una disciplina de autores. Se parece a la consultoría. Un profesional del diseño con treinta años de oficio puede enumerar cinco agencias de prestigio sin dudar un segundo. Puede citar metodologías. Puede nombrar frameworks. Pero pídele que cite a cinco diseñadores contemporáneos y que te diga qué escribieron, qué defendieron o qué les quitaba el sueño.

La lista se acorta. La disciplina sigue produciendo personas con voz. Lo que ha dejado de hacer es recordar sus nombres.

El medio no es el tema

Un director no hace películas sobre cámaras. Un músico no escribe canciones sobre micrófonos. Un escritor no dedica toda su obra a explicar cómo funciona una novela. Utilizan su medio para hablar de otra cosa. De amor. De violencia. De una madre. De una ciudad. De la muerte. Del deseo. Del miedo a quedarse solo.

El medio no es el tema. Es el lenguaje.

El diseño ha confundido su lenguaje con su tema. Los objetos eran el lenguaje. La vida era el tema.

Una agencia puede tener una estrategia. Un framework puede tener principios. Una marca puede tener valores.

Pero ninguno de ellos tuvo una madre. Ninguno tuvo miedo a los diez años. Ninguno perdió a alguien. Ninguno se enamoró. Ninguno se despertó una mañana preguntándose qué coño estaba haciendo con su vida. Y quizá por eso no pueden hablar de ella.

Las organizaciones pueden producir objetos. Solo las personas pueden tener una vida que merezca ser contada. Cuando desaparece el autor, también desaparece la posibilidad de tener un tema. Desaparece el yo. Desaparece la posición. Desaparece el tema. Queda el proceso.

Ha convertido el proceso en el tema

El diseño ha desarrollado una extraña obsesión por hablar de diseño. De cómo investiga. De cómo alinea. De cómo itera. De cómo entrega. Ha convertido el proceso en el tema. El cine usa el cine para hablar de la vida. La música usa la música para hablar de la vida. La literatura usa la literatura para hablar de la vida. El diseño debería usar los objetos para hablar de la vida.

Arrival

A veces me he sentido como Amy Adams en Arrival. No porque estuviera intentando descifrar un idioma extraterrestre. Sino porque estaba en una reunión de trabajo. O leyendo LinkedIn. Algunos parecían entender perfectamente lo que estaba pasando. Yo entendía cada palabra. Pero no tenía ni puta idea de qué estaban hablando.

Alignment. Strategy. Impact. Innovation. Transformation. Purpose. Experience. Las palabras, por separado, tenían sentido. El problema empezaba cuando las juntábamos. Y, de repente, pensé qué pasaría si empezáramos a utilizar ese mismo lenguaje fuera del trabajo.

Fuera de la sala

Tu hijo pinta una pared y, en lugar de decirle que está mal, le explicas que hemos identificado una oportunidad.

Tu amiga te cuenta que su pareja la ha dejado y respondes que estás excited to explore new possibilities moving forward.

Tu madre te llama llorando y le dices que su feedback ha sido recibido y será tenido en cuenta en futuras iteraciones.

Llegas dos horas tarde a una cena y explicas que han surgido algunos challenges along the journey.

Te pillan poniendo los cuernos y aclaras que se ha producido una desalineación entre diferentes stakeholders.

Tu padre te dice que está hasta los huevos de ti y respondes: valoro tu perspectiva y veo una oportunidad para continuar esta conversación.

La sangre del lenguaje

El problema no es utilizar estas palabras. El problema es que las hemos utilizado tanto que ya no sabemos cuándo dejar de hacerlo. Porque un lenguaje debería ayudarte a decir algo. No a evitar decirlo. Una persona puede tener miedo. Puede estar triste. Puede estar perdida. Puede haber metido la pata. Puede estar hasta los huevos.

Pero, después de pasar por suficientes reuniones, presentaciones y estrategias, todo acaba convertido en una oportunidad, un challenge, una fricción, un pain point o una desalineación. La experiencia sigue ahí. Solo que alguien le ha quitado la sangre. Y quizá ese sea el problema. Si sacas un lenguaje de una presentación y empieza a sonar como una enfermedad, quizá no está describiendo la realidad. Quizá la está anestesiando.

Pruébalo con alguien a quien quieras. Háblale como hablas en el trabajo. Cuando te mande a tomar por culo, no cambies de lenguaje. Pregúntate cuál de los dos era el idioma extraterrestre.

El plural protege

Quizá el diseño no abandonó el yo por humildad. Lo abandonó porque el yo tiene consecuencias. Decir yo significa que alguien puede preguntarte por qué. Que alguien puede disentir. Que alguien puede recordar que dijiste aquello.

El plural protege. Creemos no se equivoca de la misma manera que una persona. El equipo decidió no tiene cara. La organización considera no puede sentir vergüenza. El plural distribuye la responsabilidad hasta que deja de pertenecerle a nadie. Y una voz que no pertenece a nadie tampoco puede pertenecerle a la historia.

Una película es una obra colectiva. Una orquesta es colectiva. Una cocina es colectiva. Una revista es colectiva. Y, sin embargo, seguimos sabiendo quién dirige, quién compone, quién cocina, quién escribe.

La colaboración nunca exigió borrar la autoría. Solo el diseño empezó a confundir trabajar juntos con fingir que nadie había pensado nada.

La complejidad no exige anonimato

Pero hay una objeción razonable. Los productos contemporáneos son demasiado complejos para fingir que una sola persona los hizo. Una aplicación puede involucrar a cientos de personas. Ingenieros. Diseñadores. Investigadores. Especialistas en datos. Equipos legales. Operaciones. Atención al cliente. Un sistema no siempre tiene un autor.

Pero eso no significa que nadie tenga voz. La complejidad explica la colaboración. No explica la desaparición de la posición. Una película también es compleja. Una ciudad también. Un restaurante también. Una orquesta también. Y, sin embargo, la complejidad nunca obligó a eliminar la pregunta: quién pensó esto.

La autoría no significa: yo hice todo esto. Puede significar algo mucho más humilde: yo estuve aquí. Esto es lo que vi. Esto es lo que defendí. Y esta es la parte de la que respondo.

La complejidad exige colaboración. No exige anonimato.

La voz da responsabilidad

Y existe otro riesgo. El de confundir recuperar la voz con recuperar el ego. El diseño ya ha producido suficientes objetos diseñados para alimentar la vanidad de quien los firma. Una firma no convierte una decisión en buena. Un autor también puede equivocarse. Puede imponer. Puede no escuchar. Puede diseñar una silla preciosa para un cuerpo que no puede levantarse de ella.

Decir yo no te da razón. Te hace responsable cuando no la tienes. La voz no te da razón. Te da responsabilidad.

Human Notes no necesita más diseñadores diciendo: esto es mío. Necesita más diseñadores capaces de decir: esto lo defendí yo. Y ahora quiero saber qué te hizo a ti.

La voz no sustituye a la escucha. La hace posible. Porque solo alguien que tiene una posición puede cambiarla. Una organización puede publicar un principio. Una persona puede decir: estaba equivocado.

Quién coño es creemos. Quién tuvo la intuición. Quién la defendió. Quién cree realmente en ella. Quién estaría dispuesto a firmarla si mañana sale mal.

El plural puede ser colaboración. Pero también puede ser coartada. El yo puede equivocarse. El nosotros puede esconderse. La colaboración no debería exigir la desaparición de la voz. Trabajar con otros nunca exigió dejar de ser alguien.

Vendió la firma por la factura

El diseño no dejó de tener autores porque empezara a trabajar en equipo. Dejó de tenerlos cuando confundió la colaboración con la desaparición de la voz. Veinte personas presentan un proyecto. Todas dicen: creemos. Pensamos. Decidimos. Pero nadie aparece. El plural se convirtió en la máscara profesional de una disciplina que empezó a tener vergüenza de la primera persona. Decir esto está mal se volvió menos elegante que decir hemos identificado una oportunidad. Así se fue sustituyendo una voz por un lenguaje. Una posición por una metodología. Una firma por un logotipo. Y una persona por un departamento. El diseño ganó estabilidad. Perdió la firma. Vendió la firma por la factura. Vendió la responsabilidad de tener algo que decir por la seguridad de decirlo entre todos.

La transacción

Yo se convirtió en nosotros. Voz en lenguaje corporativo. Autor en proveedor. Firma en logotipo. Posición en alignment. Pregunta en brief. Vida en data. Historia en case study. Texto en framework. Obra en entregable. Cultura en servicio.

Una obra intenta permanecer. Un entregable está diseñado para terminar. Una obra tiene algo que perder. Un entregable tiene fecha de entrega. Una obra pregunta: seguirá importando mañana. Un entregable pregunta: está listo para el viernes.

El problema no es que el diseño tenga que entregar cosas. El problema empieza cuando ya no intenta hacer nada que merezca sobrevivir a la entrega.

Dejar de desaparecer

Recuperar la voz no significa abandonar el trabajo. Ni dejar las agencias. Ni rechazar los clientes. Ni fingir que se puede volver a una época en la que una sola persona diseñaba el mundo desde una mesa. Significa algo más incómodo. Dejar de entregar decisiones sin dejar rastro de quién las defendió.

Quizá una organización necesite alignment. Pero alguien debería poder decir: yo no estaba de acuerdo. Quizá un equipo necesite una decisión colectiva. Pero alguien debería poder explicar: esta fue la razón por la que luché por esto. Quizá un producto sea demasiado complejo para tener un único autor. Pero ninguna persona debería ser demasiado pequeña para tener una voz dentro de él.

La alternativa no es el diseñador solitario. La alternativa es una colaboración en la que las personas no desaparecen. No hace falta abandonar el sistema. Hace falta dejar de desaparecer dentro de él.

Primero deja de ejercerla

Una disciplina no pierde capacidades de golpe. Las deja de practicar. Primero deja de usar una voz. Después deja de necesitarla. Finalmente deja de recordar que alguna vez la tuvo. Cuando una disciplina pierde el yo, también pierde la posibilidad de decir lo que solo una persona puede decir.

Hay capacidades que no desaparecen de repente. Se dejan de ejercer hasta confundir su ausencia con profesionalidad. Las capacidades no desaparecen solas. Se dejan de ejercer. Y después de muchos años sin usarlas, se confunde su ausencia con profesionalidad.

Cuando desaparecen los nombres propios, la disciplina sigue trabajando. Lo que deja de producir es historia. Una profesión puede sobrevivir sin autores. Una cultura no. Cultura es una conversación entre personas que pueden ser recordadas. Personas que escribieron algo. Que defendieron algo. Que se equivocaron en público. Que dijeron yo.

Los frameworks sobreviven cinco años. Los autores sobreviven generaciones. El diseño no dejó de ser cultura porque dejara de producir objetos. Dejó de ser cultura cuando dejó de producir voces que sobrevivieran a los contratos.

Alguien

Una disciplina no pierde una capacidad de golpe. Primero deja de ejercerla. Después deja de necesitarla. Finalmente deja de recordar que alguna vez la tuvo. El diseño no perdió la voz porque dejara de producir. La perdió porque dejó de preguntarse qué tenía alguien que decir. Dejó de preguntar quién estaba hablando.

Después desapareció el yo. Después desapareció la firma. Después desapareció la posición. Y siguió hablando. De procesos. De sistemas. De impacto. De innovación. De usuarios. Hasta que un día quiso volver a hablar de la vida. Y descubrió algo incómodo. Había eliminado del lenguaje a la única criatura capaz de tener una vida.

Alguien. No el diseñador estrella. Cualquier persona que todavía pueda decir: yo estuve aquí. Yo vi esto. Yo defendí esto. Y respondo por la parte que me corresponde.

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