ESS.005 — LinkedIn: La Ciudad de los Carteles.


Dicen que existe una ciudad donde nadie tiene cuerpo. O mejor dicho: nadie llega a ver el cuerpo de los demás. Pero hay algo extraño. Todo el mundo lleva un cartel colgado del cuello. Enorme. Rectangular. Le cubre el cuerpo entero y todavía sobresale ampliamente por encima de la cabeza. Cerca de la parte superior tiene un agujero. Un troquel circular por el que asoma la cara de cada persona. Redondo. Bien encuadrado.

Debajo del troquel, un nombre. Debajo del nombre, unas palabras muy largas. Global Vice President of Strategic Transformation. Senior Executive for Customer Success Enablement. Chief Transformation Evangelist. Director of Future Readiness. Debajo del cargo, el nombre de una empresa. Debajo de la empresa, dos números gigantes. Y en la parte de abajo, una fila de pequeños iconos brillantes.

Los habitantes se reconocían por el cartel, no por la cara. Y los carteles crecían solos. Nadie quería que crecieran. Simplemente ocurría. Cada vez que un habitante pensaba ojalá me vieran, el cartel aumentaba unos milímetros. Cada vez que comparaba su cartel con el de otro, crecía. Cada vez que recibía una felicitación, crecía. Los carteles no crecían porque la gente mintiera. Crecían porque confundían ser vistos con ser conocidos. No era culpa de nadie. Era la física del lugar.

El abuelo Manolo

Un día llegó un niño. Se llamaba Leo. Pero antes hay que contar una cosa pequeña. Leo tenía un abuelo. Se llamaba Manolo. Al abuelo Manolo lo que más le gustaba en el mundo eran las palabras. Tenía sus favoritas. Le fascinaban las que empezaban por con- o por com-. Decía que eran palabras con fuerza y que siempre eran positivas. Fíjate, Leo, siempre significan lo mismo. Con otros. Eso ya es una buena noticia.

Cuando iban a caminar por el campo, el abuelo las iba diciendo al ritmo de sus pasos. Compartir. Compañía. Compasión. Comprensión. Complicidad. Compromiso. Comunidad. Conectar. Consolar. Contener. Construir.

Las decía como quien canta. Leo caminaba a su lado y se las iba aprendiendo. Le gustaba cómo el abuelo sonreía cuando le tocaba pronunciar complicidad. Algunos días el abuelo Manolo se paraba en medio del camino, cerraba los ojos y decía: Leo, si algún día olvidas todas las palabras del mundo, quédate con estas. Con estas ya se puede vivir. Leo no siempre entendía por qué eran tan importantes. Pero se las aprendió.

El juego de las tarjetas

Y cuando el abuelo Manolo se hizo demasiado mayor para caminar, pasaban las tardes jugando a un juego que se había inventado él. Se llamaba el juego de las tarjetas. Cogía trozos de cartulina y en cada uno escribía una palabra. Las repartía por la mesa boca abajo. Leo levantaba una. Y el abuelo le pedía que hiciera lo que la tarjeta decía.

Escuchar. Y el abuelo cerraba los ojos. Preguntar. Y Leo tenía que hacerle una pregunta que nunca le hubiera hecho. Cocinar. Y se iban a preparar una tortilla. Recordar. Y el abuelo le contaba una historia nunca antes contada. Al principio Leo no entendía por qué las palabras cambiaban tanto lo que hacían. Un día se lo preguntó. Manolo, por qué las tarjetas hacen que pase todo esto.

El abuelo se rió despacio. Porque hay palabras que describen el mundo, Leo. Y hay palabras que aumentan el mundo. Cómo que lo aumentan. Porque después de aprender la palabra compartir, puedes compartir. Después de aprender consolar, puedes consolar. Después de aprender compasión, puedes sentir algo para lo que antes ni siquiera tenías nombre. Leo se quedó pensando. Cada palabra nueva, Leo, es una capacidad nueva para vivir.

Aquel verano, cuando Leo tuvo que volver a la capital con sus padres, le dijo al abuelo: Manolo, puedo llevarme las tarjetas. El abuelo sonrió. Llévatelas. Allí también hay gente. Ya me contarás si funcionan. Leo guardó las tarjetas en una caja pequeña de madera.

La ciudad de los carteles

Cuando Leo llegó a la ciudad, una mujer amable le colgó del cuello un cartel como el de todo el mundo. Era pequeño. El más pequeño que Leo había visto. Rectangular pero manejable. Por el troquel circular asomaba la cara de Leo. Debajo ponía Leo. Debajo del nombre, en letras más pequeñas, Junior Explorer and Emerging Ideas Analyst. Debajo, dos números modestos. 12 seguidores. 4 conexiones. Y dónde pongo que me gusta construir cabañas, preguntó Leo. La mujer sonrió sin entender. Eso no hace falta. Y que colecciono piedras. Tampoco. Leo se puso a caminar. El cartel le pesaba un poco. Pero como era pequeño, todavía podía verse los pies. Y podía mover las manos con libertad.

Los carteles no eran todos iguales. Los había pequeños, colgando de gente joven que caminaba deprisa. Los había medianos. Y los había enormes, tan altos como una puerta, que se movían por las aceras con dificultad. Cuanto más grande el cartel, más números aparecían. Chief Happiness Officer. 84.302 seguidores. 12.601 conexiones. Global Ecosystem Growth Architect. 127.844 seguidores. 18.220 conexiones.

Leo empezó a entender. Los carteles crecían con los seguidores. Y como los carteles crecían pero las cabezas no, la cara aparecía cada vez más diminuta. En un cartel pequeño, la cara era proporcionada. En un cartel enorme, la cara era un puntito arriba. El resto era cargo, empresa, números, medallas. Cuanto más famoso el habitante, más pequeña se veía su cara.

Y como los carteles habían crecido tanto, algunas cosas se habían vuelto muy difíciles. Sobre todo, las manos. Leo vio a un hombre con un cartel gigantesco que quería atarse los cordones de los zapatos. Se agachaba. Pero el cartel no le dejaba ver los pies. Lo intentó tres veces. Al final llamó a un ayudante.

Vio a una mujer con un cartel grandísimo intentando cruzar una puerta. No cabía. Tuvo que girarse de lado y pasar poco a poco. Vio a dos personas de carteles enormes intentar darse un abrazo. Los carteles chocaron antes que los cuerpos. Al final se dieron dos palmaditas incómodas y se separaron. Vio a un hombre intentar sostener a un bebé. No podía acercarlo a su pecho. El cartel se interponía. El bebé quedó en el aire. Vio a una anciana intentar coger la mano de su hijo. Los dos carteles hicieron un pequeño ruido seco al chocarse. Las manos no llegaron a tocarse.

Leo pensó que la identidad de aquella ciudad se había vuelto tan grande que impedía hacer cosas humanas. Y ocurría otra cosa muy extraña. Cuando alguien pretendía decir algo, las palabras no le salían de la boca. Aparecían impresas automáticamente en la parte delantera del cartel. Todo el mundo miraba el texto. Nadie miraba la cara. En un cartel muy grande apareció: Great to connect. En otro: Excited to share this milestone. Nadie decía nada con la boca. Solo aparecían frases y todo el mundo asentía como si las hubiera oído.

Las tarjetas

Una noche, Leo sacó la caja de madera del abuelo. Las tarjetas seguían allí. Intactas. Esperando. Leo se dio cuenta de que en la ciudad había gente que dormía con los carteles más grandes. Gente cuya cara era tan pequeña que casi desaparecía. Gente cuyas manos llevaban años sin tocar a nadie. Leo salió a la calle. No iba a cambiar la ciudad. Él solo llevaba las palabras. Las palabras eran las que cambiarían la ciudad. Leo era el mensajero.

Fue pasando de puerta en puerta. Buscaba a los que dormían con los carteles más grandes. Solo pegó, sobre la parte delantera de cada cartel, una tarjeta pequeñita del abuelo. Sobre el cartel enorme del Chief Transformation Evangelist pegó una tarjeta que decía Compartir. Sobre el del Director of Purpose and Culture pegó otra que decía Compasión. Sobre el del Global Ecosystem Growth Architect pegó una que decía Construir. Y así fue repartiendo el resto — Compañía, Comprensión, Complicidad, Compromiso, Comunidad, Conectar, Consolar, Contener — sobre carteles cada vez más grandes. Cuando terminó la última, se sentó en un banco y esperó al amanecer.

Lo que las palabras hicieron

A la mañana siguiente ocurrió algo curioso. Las palabras hicieron una cosa: encoger los carteles. Y cuando los carteles se encogían, aparecía la capacidad. La tarjeta decía Compasión. El cartel del Director of Purpose and Culture perdió un centímetro. De repente pudo inclinarse un poco más. Lo suficiente para mirar a otra persona a los ojos. Entonces preguntó: cómo estás. No preguntó porque fuera mejor. Pudo preguntar porque el cartel dejó de impedírselo.

La tarjeta decía Compartir. El cartel del Chief Transformation Evangelist perdió otro centímetro. Sus brazos pudieron moverse. En lugar de empezar enseñando un gráfico, empezó enseñando un error que había cometido. No lo hizo porque fuera más humilde. Pudo hacerlo porque el cartel le dejó los brazos. La tarjeta decía Construir. El cartel del Global Ecosystem Growth Architect se encogió lo suficiente para que sus manos alcanzaran a las de otras cuatro personas. Se pusieron alrededor de una mesa. Imaginaron juntos algo que ninguno habría imaginado solo. No fueron más creativos. Simplemente sus manos por fin llegaron a las de los demás.

Y así fueron sucediendo, una tras otra, las capacidades. Compartir. Ahora los errores podían viajar sin convertirse en vergüenza. Comprensión. Una discusión dejó de buscar un ganador. Compañía. Ya nadie tuvo que esperar solo en la sala de un hospital. Complicidad. Dos desconocidos empezaron a terminarse las frases. Compromiso. Alguien hizo una promesa pequeña. Y la cumplió. Comunidad. Aparecieron reuniones que nadie había convocado. Conectar. Los teléfonos siguieron sobre la mesa. Pero casi nadie los miró. Consolar. Un niño descubrió que el silencio también podía abrazar. Contener. Una niña pudo llorar sin que nadie intentara arreglarla. Con cada gesto, los carteles seguían encogiéndose.

Perdían números. Perdían medallas. Perdían insignias. Perdían el cargo interminable. Y cuando los carteles se hicieron pequeños, las manos aparecieron. Aparecieron manos que ataban zapatos. Manos que sostenían tazas. Manos que acariciaban cabezas. Manos que sujetaban a un bebé contra el pecho. Manos que se acercaban a otras manos sin que nada las separara. Podían abrazarse.

Cuando Leo caminó por la ciudad esa mañana, no era que la gente fuera mejor. Era que había cosas que antes no podían hacer. Y ahora las podían hacer. Leo se sentó otra vez en el banco. Los edificios seguían igual de altos. Las calles igual de rectas. Nadie había cambiado de trabajo. Nadie había desaparecido. Y, sin embargo, la ciudad parecía mucho más grande. No porque hubiera crecido. Sino porque las personas podían hacer más cosas unas con otras.

Con otros

Entonces Leo se dio cuenta de una cosa que el abuelo nunca le había explicado. Todas las palabras que Manolo cantaba empezaban por con- o por com-. Y no era casualidad. Con significaba con otros. Compartir era hacerlo con otros. Comprender era hacerlo con otros. Consolar era hacerlo con otros. Construir era hacerlo con otros. Ninguna de aquellas capacidades podía existir en soledad. Ninguna. Ni una sola.

Por eso el abuelo las había elegido. Por eso las cantaba al ritmo de sus pasos. Por eso decía que con esas ya se podía vivir. Porque las capacidades más humanas empiezan por con— porque ninguna de ellas puede existir sin otro ser humano al lado. Y por eso, cuando las tarjetas se pegaron sobre los carteles, los carteles empezaron a encogerse. Porque las palabras con- no necesitan retratos favorecedores. Ni cargos interminables. Ni números gigantes. Necesitan manos libres. Necesitan cuerpos que puedan acercarse. Necesitan a otro.

Continuar

Aquel verano Leo volvió al pueblo del abuelo. Manolo lo esperaba en el porche. Ya no podía caminar por el campo. Pero desde el porche todavía se veía el trigo moverse con el viento. Se te acabaron las tarjetas, Leo. Sí, Manolo. Y funcionaron. Leo se lo pensó bien antes de contestar. Al principio no lo sabía. Ahora creo que sí. El abuelo asintió despacio. Cuéntamelas.

Leo se sentó a su lado. Y empezó a decir en voz alta las once palabras del abuelo, al ritmo que Manolo llevaba siempre con los pies cuando caminaban. Compartir. Compañía. Compasión. Comprensión. Complicidad. Compromiso. Comunidad. Conectar. Consolar. Contener. Construir. El abuelo cerró los ojos y sonrió con toda la cara. Cuando Leo terminó, añadió una palabra más. Muy despacio. Continuar.

El abuelo abrió los ojos. Esa no estaba. No. Cuál es. Continuar, repitió Leo. La aprendí en la ciudad. El abuelo se quedó callado un rato largo. Cuéntame. Leo se lo pensó bien. Es lo que hago cuando digo tus palabras. No las digo porque sean mías. Las digo porque son tuyas. Y cuando las diga alguien después de mí, tampoco serán suyas. Serán tuyas y mías y de los que vengan. Continuar es lo que hacemos con las palabras de otros para que sigan haciendo lo que hacían cuando eran suyas.

El abuelo asintió muy despacio. Después buscó la mano de Leo. La encontró. La apretó fuerte. Entonces esa palabra tampoco se puede hacer solo, Leo. No. Empieza distinto. Pero significa lo mismo. Sí. El viento movió el trigo un poco más fuerte. Y a Leo le pareció que la caja, aunque estaba vacía, había vuelto a llenarse una vez más.

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