PD.002 — Parkinson: El Resto Todavía No.


El diagnóstico ya está escrito. El resto todavía no. Os escribo a vosotros, los recién llegados. Los que salisteis de la consulta con un nombre nuevo y el cuerpo de siempre, sin entender cómo pueden ser verdad las dos cosas a la vez. Los que todavía no se lo habéis contado a nadie, porque decirlo en voz alta hace que parezca verdad. Los que esta noche vais a preguntarle a la IA lo que no os atrevisteis a preguntarle al médico.

Yo estuve ahí. Recuerdo el día, no al doctor. Entré solo, fue rápido, frío y visceral. Me despachó Sinemet, me dijo que lo sentía y me emplazó a volver en seis meses. Salí a la sala y me esperaba mi padre. Pues no me ha dicho que tengo párkinson, el hijo de puta, le dije. Este está gilipollas. Anda, vamos a tomarnos una cerveza, respondió mi padre.

Con el paso del tiempo, brazo y pierna rígidos, braceo y paso de Robocop. Pasé de moverme en MP4 a vivir en GIF. Y algunos días de presencia casi testimonial.

No salió nadie a contármelo. Y como nadie me escribió esta carta entonces, os la escribo yo ahora.

El spoiler

Os voy a hacer spoiler del bueno, para que no entréis a ciegas: os van a llover hostias hasta en el carnet de identidad. Es jodido. Muy jodido. No os voy a vender que la enfermedad es un regalo ni una lección — quien os diga eso no se ha despertado nunca llorando a las tres de la mañana, con el día sin estrenar y la tristeza ya puesta, y la picha para dentro, miedosa de asomar. Eso pasa.

Pasa que la voz no arranca. Dices buenos días y sale Chewbacca. Pasa el miedo a quedarte clavado en mitad de la calle, como si hubieses metido los pies en cemento armado, rodeado de gente que no sabe lo que está viendo. Pasa que gestos que antes eran gratis ahora tienen precio, y que casi nadie a vuestro alrededor va a entender que empezar el día pueda costar tanto.

La pasaréis puta durante un tiempo. Cada uno debe tomarse el suyo. Tres meses, seis, dos años. Llorad. Pegaos cabezazos. Cagaros en todo. Pero incluso, esto cambia. Lo bueno del Parkinson es que no te mata. Lo malo es que te obliga a conocer una versión de ti para la que nadie te había presentado.

La otra mitad

Porque aquí viene la otra mitad del spoiler: todavía vais a recibir mucho de la vida. Y esa parte casi nunca se escribe. Habrá días en que el cuerpo no responda y aún así os riáis más fuerte que nunca. Os volveréis muy observadores: cosas que antes ni mirabais os van a parar el pulso — un perro, un gesto, un amanecer.

Gente que aparece justo cuando creíais que no quedaba nadie, y gente que se cae de la lista sin que tengáis que echarla: la enfermedad hace esa limpieza gratis, qué eficiente la muy puta. Gracias, querida. Vais a llorar en momentos absurdos y a soltar carcajadas en el peor momento posible, porque el cuerpo necesita reírse aunque el guion diga lo contrario.

Nada viene filtrado: lo sentiréis todo con el volumen subido. Lo bueno también. Y lo bueno — quedaos con esto — gana más veces de las que hoy os parece posible.

Todavía podéis

El nuevo cuerpo os obliga a negociar con la vida de otra manera. Y en esa negociación descubriréis que todavía podéis follar (aunque sea más lento, más creativo y mucho más presente). Que todavía podéis escribir (aunque dictéis, aunque la letra tiemble). Que todavía podéis reír (y cuando lo hagáis, será una risa más honda, porque sabéis lo que cuesta arrancarla).

Ocupaos, no os preocupéis. Buscad una pasión: algo que os mueva y os encienda. Intensidad. Y entrenad. No porque os vaya a curar. Entrenad porque el cuerpo negocia distinto con quien todavía lo obliga a moverse. No le pongáis las cosas fáciles. Poneos fuertes también para los vuestros. Ellos también enferman un poco. Solo que no tienen levodopa para el miedo.

No es un nombre

El deseo no se opera. El cariño no se receta. Seguir siendo persona no necesita consentimiento informado. Todo eso sigue siendo vuestro. No dejéis que nadie — ni un médico, ni una escala, ni una mirada de lástima — os lo ponga en duda. Porque la enfermedad va a intentar una cosa desde el primer día, y esta es la única guerra que os pido que no perdáis: va a intentar convertiros en nombre. Paciente. Enfermo. Caso clínico.

Los nombres son cómodos para todos menos para quien los carga. Poco a poco las conversaciones empezarán a orbitar alrededor de síntomas, pastillas y pérdidas, y un día notaréis que os miran a través de la enfermedad como a través de un cristal sucio. No lo consintáis. No sois una enfermedad con una persona dentro. No estáis aprendiendo a vivir con Parkinson. Estáis aprendiendo a vivir en un cuerpo nuevo. Y no es lo mismo.

Se vive conjugando

Vosotros no sois un nombre. Las personas vivimos en verbos — dormir, entrenar, crear, ayudar, desear, celebrar, seguir — y mientras os queden verbos, y os van a quedar muchos más de los que hoy creéis, la enfermedad solo tiene un sustantivo. Con un sustantivo no se vive.

El diagnóstico necesita un nombre. La vida no. Se vive conjugando. A un día malo le sucederá uno bueno. Es estadística vivida, y os la firmo. Vividlo con compasión y con pasión — me lo dijo mi querido neurólogo y amigo Manolo, y en años no he encontrado resumen mejor. Compasión para el cuerpo cuando no llegue. Pasión para todo lo demás.

El diagnóstico ya está escrito.
El resto todavía no.

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